Imagen de Lucrecia Gomez Boschetti con su libro "Cinco historias de una inválida imprudente y un poema para no perder la dignidad"
1. Estuviste recientemente en la Feria del Libro de Córdoba 2025. ¿Cómo fue esa experiencia y cómo se dio la invitación a participar?
La invitación fue muy linda. Tenía miedo de que no fuera nadie, y encima me habían puesto en la carpa más grande. Pero me sorprendió muchísimo ver cómo se fue llenando y cómo la gente se sumó a la dinámica que había pensado.
Fue mi primera Feria del Libro, y la invitación surgió porque la curadora de la feria es docente y amiga mía. Ella tenía muchas ganas de que hubiera un espacio de literatura disca, por eso me invitó y acepté la propuesta.
2. En este sentido de la lectura. Nos gustaría saber ¿Qué lees o qué consumís actualmente? ¿Hay autoras, artistas o discursos que te inspiren o te acompañen?
Estoy muy enganchada con el formato audiolibro. No lo había probado antes de este año y se terminó convirtiendo en un momento muy especial: acostarme, ponerme los auriculares y perderme, disociarme en alguna historia.
Dentro de la no ficción, estuve leyendo varias autobiografías. Una que me encantó fue Down the Drain, de Julia Fox, una modelo y socialité con una historia de vida muy intensa, fue de los mejores libros que leí este año.
En cuanto a ficción, estuve explorando la ciencia ficción. Project Hail Mary, de Andy Weir, se volvió uno de mis favoritos, junto con Mickey 7, de Edward Ashton, y Piranesi, de Susanna Clarke.
En total, este año leí alrededor de treinta y cinco libros en formato audiolibro; realmente se transformó en mi forma de consumir literatura.
3. ¿Qué lugar sentís que ocupa hoy la figura de la persona disca en los discursos públicos?
Hoy en día, la figura disca es un horror en el discurso público. Especialmente desde el escándalo de ANDIS, se nota un retroceso enorme: desde la forma en que se nombran a las personas con discapacidades cognitivas, hasta lo fácil que resulta escuchar en ámbitos públicos y políticos palabras como “mogólico”. A eso se suma el desfinanciamiento.
Siento que en Argentina había, más o menos, un consenso social de que, dentro de todo, se intentaba proteger a las personas con discapacidad. Mientras no se llegara al extremo de “cagar a palos a un discapacitado en una marcha”, parecía que estábamos bien.
Pero últimamente pasamos muy rápido de la violencia discursiva a la violencia física. Y eso me hace pensar que estamos en una gran crisis. No solo por la situación concreta que atraviesa la población disca, las terapias, las emergencias, la falta de recursos, sino también por el modo en que se habla de nosotros. Estamos en una crisis discursiva y es urgente que emerjan representantes que puedan poner en palabras lo que está pasando, que encabecen esta disputa y esta lucha.
Todo esto me tuvo muy mal en el último tiempo, porque cuesta disputar estos espacios cuando el nivel de violencia, especialmente política, hacia nuestro colectivo es tan alto.
4. A lo largo del libro aparece una relación muy fuerte entre el cuerpo y el espacio urbano: la silla, las calles, el transporte, las miradas ajenas. ¿Qué significa para vos moverte, literal y simbólicamente, por una ciudad que no está adaptada?
Una vez escribí para una revista colombiana llamada Revista Dos Latinas un ensayo titulado “La ciudad me excluye, por eso soy tan puta”. Era sobre la época en la que yo salía con gente, ahora ya no porque estoy casada. En ese momento había encontrado una ruta que usaba siempre para ir a las citas, en lugares que eran accesibles. Como eran pocos, terminaba repitiendo la misma cita una y otra vez.
A eso, en el ensayo, lo llamaba mi pequeña patria, porque era un mundo distinto al que yo podía acceder, un territorio que podía transitar y donde las reglas eran diferentes para el resto, pero no para mí. La idea era que, en el mundo compartido por todos, ellos podían moverse con libertad mientras a mí me costaba transitarlo. Entonces, tengo este pequeño mundo mío, donde ser senado y sesgado, pero mío al fin.
Siento que hay algo de eso en la experiencia de moverse por la ciudad: si querés salir, estás obligado a transitar. Y probablemente la mayoría de las personas discas se identifique con conocer ya de memoria ciertas rampas, o con evitar algunas veredas porque saben que al final no hay una bajada.
Es como una especie de mezcla que tengo en la cabeza mientras voy transitando la ciudad. A mí me pasa, por ejemplo, cuando voy a grabar: ya sé que para ir tengo que tomarme el 33 y para volver el 51, porque en ese horario los colectivos que me dejarían más cerca de casa suelen estar sin rampa.
Por un lado, es agotador. Pero por otro, es interesante pensarlo como una patria distinta.
5. Tus relatos desafían muchos tabúes, sobre todo cuando se trata del deseo y la sexualidad de las personas con discapacidad. ¿Cómo vivís escribir sobre eso, sabiendo que sigue siendo un tema silenciado?
Para mí fue todo un drama escribir sobre eso. No tanto por nervios o vergüenza, sino porque son cosas que después leyeron mis padres. Mi papá, específicamente, me dijo: “Avísame dónde hablás de eso, porque no lo quiero leer”. Fue un poco incómodo, sobre todo porque después me casé y resultó raro que mi familia, mi marido y mis suegros leyeran eso.
Pero después me di cuenta de que la literatura erótica tiene un montón de diversidades, y me pareció correcto escribir sobre el tema porque, más allá del erotismo en sí, hay pequeños detalles sobre el mundo contextualizado en donde aparece ese erotismo, y ese es mi mundo y mi perspectiva.
Me gusta mucho escribir sobre eso, y también disfruto ver la evolución que hay en mi escritura respecto al deseo. Sobre todo ahora, que voy creciendo y mi cuerpo va cambiando, esas son las cosas que están cada vez más presentes en mi vida.
6. En la entrevista de la feria del libro, mencionaste que, al despertar del coma, tu primer pensamiento fue que estabas más flaca, y que ese detalle tuvo más peso en ese momento que la noticia de quedar inválida. ¿Qué te reveló ese pensamiento sobre la relación que tenías, y que tenemos en general, con el cuerpo?
Darme cuenta de que estaba contenta por estar flaca me hizo pensar mucho en los “chips” que tenemos en la cabeza, sobre todo las mujeres, respecto a nuestros cuerpos. Yo era una nena re chiquita, y cuando lo pienso ahora me parece un espanto… pero también me causa gracia. Un poco todo en mi escritura es eso: “qué espanto, pero qué gracioso”.
Para mí es un tema, porque tengo varios mambos con la dismorfia corporal. Lo que estoy escribiendo ahora me resulta un montón, y aparecen relatos tipo body horror que me hacen pensar en eso: en lo complejo que es el cuerpo inválido de la mujer.
El trabajo de mantener ese erotismo dentro de la fragilidad… porque si te pasás y de repente estás demasiado frágil o demasiado distinta, o no encajas en esos corchetes donde lo frágil se volvió “demasiado disca”, ya no sentís que sos atractiva.
Es un problema, y es algo que estoy tratando como tema central en lo que escribo en este momento.
7. ¿Cómo fue el proceso de reconciliarte con ese cuerpo “otro”? ¿Qué cambió en la forma en que lo percibís, lo mostrás o lo escribís? Sobretodo relacionándolo con tu poema sobre la dignidad y ese fragmento que dice “Me construí una dignidad nueva cuando junté todos los pedacitos que había perdido y finalmente acepté la disidencia de mi propio cuerpo.”
Hay varias cosas que formaron parte de ese proceso de reconciliarme con mi cuerpo. Yo me accidenté en una pileta, y por eso quedé con mucho miedo al agua, a ahogarme. El año pasado decidí que quería volver al agua, porque quería superar ese miedo, y todo esto coincidió con un momento en el que también estaba atravesando conflictos con mi corporalidad.
La conclusión fue que no solo aprendí a flotar, sino también a nadar, e incluso a nadar muy bien. Había algo que me daba mucha vergüenza, como estar en malla, pero eso se volvió completamente secundario, porque el agua me dio una libertad increíble. Me pasó que la masa muscular de mis brazos aumentó, y el pensamiento que antes era “mis brazos están de tal forma” cambió a “este es el cuerpo que me permite nadar y estar en mi momento más feliz, que es cuando estoy en el agua”.
Eso cambió por completo mi perspectiva respecto al cuerpo deforme, al cuerpo que tengo, porque este es el cuerpo que me permite hacer lo que amo en este momento. Me ayudó a enfocarme mucho más en el objetivo deportivo, algo que nunca había podido tener. Mi discapacidad es muy intensa y genera mucha minusvalía, así que encontrar un deporte en el que no solo puedo hacer un montón de cosas, sino también en el que soy buena, fue descubrir una nueva versión de mí: Esta Lucrecia deportiva, trabada, que va al gimnasio para nadar con mejores tiempos. Y me encantó eso.